| Juan Pablo II en Lourdes |
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| Escrito por Juan Pablo II | |
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Juan Pablo II en Lourdes (resumen de sus palabras)
Juan Pablo II en Lourdes. Agosto de 2004. Resumen de sus intervenciones elaborado por Foroedu
Vengo como peregrino ante la Virgen Confianza en el sacrificio de los que sufren El Papa cerca de los enfermos Aquí, la Virgen invitó a Bernadette a rezar el Rosario, desgranando ella misma un Rosario. De este modo, esta gruta se ha convertido en la sede de una sorprendente escuela de oración, en la que María enseña a todos a contemplar con ardiente amor el rostro de Cristo. El que me siga no caminará en la oscuridad Queremos aprender de la humilde sierva del Señor la disponibilidad dócil a la escucha y el compromiso generoso para acoger en nuestra vida las enseñanzas de Cristo. En particular, al meditar en la participación de la Madre del Señor en la misión redentora de su Hijo, os invito a rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la virginidad por el Reino de Dios para que aquellos que son llamados sepan responder con disponibilidad y perseverancia. Con la mirada puesta en la Santa Virgen María, digamos junto a Bernadette : «Mi buena Madre, tened piedad de mi; me entrego totalmente a vos para que me deis a vuestro querido Hijo, a quien quiero amar de todo corazón. Mi buena Madre, dadme un corazón que arda totalmente por Jesús». Os confío, hermanos y hermanas, una intención particular para la oración de esta noche: invocad conmigo a la Virgen María para que obtenga del mundo el don tan esperado de la paz. ¡Que suscite en nosotros sentimientos de perdón y de fraternidad! ¡Que se depongan las armas y que se apague el odio y la violencia en nuestros corazones! Que todos los hombres no vean en el otro a un enemigo al que hay que combatir, sino a un hermano al que hay que acoger y amar para construir juntos un mundo mejor. «Que soy era Immaculada Councepciou». Las palabras que dirigió María a Bernadette el 25 de marzo de 1858 resuenan con una intensidad particular en este año en el que la Iglesia celebra el 150 aniversario de la definición solemne del dogma proclamado por el beato Pío IX en la Constitución apostólica «Ineffabilis Deus». La concepción inmaculada de María es el signo del amor gratuito del Padre, la expresión perfecta de la redención cumplida por el Hijo, el punto de partida de una vida totalmente disponible a la acción del Espíritu. «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa...» (Lucas 1, 39). Las palabras de la narración evangélica nos permiten percibir con los ojos del corazón a la joven muchacha de Nazaret en camino hacia la «ciudad de Judá» en la que vivía su prima para ofrecerle sus servicios. Lo que nos impresiona ante todo de María es su atención llena de ternura hacia su pariente mayor. Es un amor concreto que no se queda en palabras de comprensión, sino que se compromete personalmente en una auténtica asistencia. La Virgen se da ella misma La Virgen no le da simplemente a su prima algo que le pertenece; se da ella misma, sin pedir nada a cambio. Ha comprendido perfectamente que, más que un privilegio, el don recibido de Dios es un deber, que compromete al servicio de los demás con la gratuidad que es propia del amor. El Magníficat: los sentimientos de María De esta conciencia surge precisamente la alegría de la Virgen María, que se refleja en todo el cántico: alegría de saber que Dios «ha puesto los ojos» en su «humildad» (Cf. Lucas 1, 48); alegría a causa del «servicio» que puede realizar, gracias a las «maravillas» a las que le ha llamado el Todopoderoso (Cf. Lucas 1, 49); alegría por experimentar con antelación las bienaventuranzas escatológicas, reservadas a los «humildes» y a los «hambrientos» (Cf. Lucas 1, 52-53). Tras el «Magnificat» viene el silencio; no se dice nada de los tres meses de presencia de María junto a su prima Isabel. O quizá se nos dice lo más importante: el bien no hace ruido, la fuerza del amor se expresa en la tranquila discreción del servicio cotidiano. Con sus palabras y con su silencio, la Virgen María se nos presenta como un modelo en nuestro camino. Es un camino que no es fácil: por la falta de sus primeros padres, la humanidad lleva en sí la herida del pecado, cuyas consecuencias siguen experimentando los redimidos. ¡Pero el mal y la muerte no tendrán la última palabra! María lo confirma con toda su existencia, en cuanto testigo viviente de la victoria de Cristo, nuestra Pascua. ¡Queridos hermanos y hermanas! De la Gruta de Massabielle, la Virgen Inmaculada nos habla también a nosotros, cristianos del tercer milenio. ¡Escuchémosla! Escuchadla, ante todo, vosotros, jóvenes, que buscáis una respuesta capaz de dar sentido a vuestra vida. Podéis encontrarla aquí. Es una respuesta exigente, pero es la única respuesta válida. En ella se encuentra el secreto de la auténtica alegría y de la paz. Desde esta gruta os lanzo un llamamiento especial a vosotras, las mujeres. Al aparecerse en la gruta, María confió un mensaje a una muchacha, subrayando la misión particular que corresponde a la mujer, en nuestra época que siente la tentación del materialismo y la secularización: ser testigo en la sociedad actual de los valores esenciales que sólo se pueden percibir con los ojos del corazón. ¡A vosotras, mujeres, os corresponde ser centinelas del Invisible! Llamamiento apremiante a las mujeres para respetar el don de la vida A todos vosotros, hermanas y hermanos, os lanzo un apremiante llamamiento para que hagáis todo lo que podáis para que la vida, toda vida, sea respetada desde la concepción hasta su término natural. La vida es un don sagrado del que nadie puede apropiarse. Por último, la Virgen de Lourdes tiene un mensaje para todos, es éste: ¡sed mujeres y hombres libres! Pero recordad: la libertad humana es una libertad marcada por el pecado. También tiene necesidad de ser liberada. Cristo es el liberador, él que «nos ha liberado para que seamos verdaderamente libres» (Gálatas 5, 1). ¡Defended vuestra libertad! Jóvenes: poneos en la escuela de Marfía, llevad optimismo al mundo Poneos en la escuela de María y llevaréis al mundo un aliento de optimismo, anunciando a todos la «bella nueva» del Reino de Cristo. Sí, el cristianismo es manantial de vida y María es la primera guardiana de este manantial. Ella la muestra a todos, pidiéndoles que renuncien al orgullo, que se hagan humildes, para recurrir a la misericordia de su hijo y participar de este modo en la venida de la civilización del amor.
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