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La guerra que nos faltaba Imprimir E-Mail
Escrito por César Alonso de los Ríos   

 

LA GUERRA QUE NOS FALTABA
Por César Alonso DE LOS RÍOS


ABC, 28 septiembre 2004

 

 

DESPUÉS de haber atizado la hoguera de los nacionalismos, Zapatero está metiendo a los suyos en una batalla contra la Iglesia católica y contra las creencias de la mayoría de los españoles. Además de la guerra nacional, la religiosa. En tan sólo seis meses ha conseguido formalizar los odios colectivos, la división de la sociedad, la actualización de las dos experiencias que desgraciadamente mejor han definido nuestro pasado trágico (la social fue compartida por otros países).

Ya Zapatero nos había demostrado una obsesión verdaderamente impropia de gentes jóvenes como es el empeño de resucitar la guerra civil a partir de su experiencia familiar. Ha querido que prevaleciera el dolor por la muerte de su abuelo republicano sobre el que podrían tener otros muchos españoles, compañeros suyos, a cuyos abuelos y padres asesinaron gentes de izquierda, socialistas concretamente, incluso antes de que comenzara la guerra civil. Ahora le da por meternos en su otra obsesión, la anticlerical y laicista.

¿Qué hemos hecho para merecer todo esto?

Sus asesores, sus comunicadores, los medios que le son afines, quienes viven del mercado de la izquierda, le han aconsejado a Zapatero que, fracasado el socialismo como alternativa al sistema y desactivada la lucha de clases como motor de la Historia, hay que buscar en otros filones las motivaciones con las que se pueda movilizar al electorado. Y ¿qué mejor que hociquear en el muladar del anticlericalismo, que podría satisfacer más el medievalismo de una guerra de religión?

ASÍ que el político que propone en la ONU alianzas de civilizaciones ha decidido que la declaración de una guerra de religión terminaría por garantizar la escisión entre españoles ya planteada por las diferencias basadas en el enfrentamiento de las etnias, el sexo y la discriminación cultural.

La guerra de religión que abren los socialistas trasciende el delicadísimo campo de la moral (matrimonios de homosexuales, aborto libre, defensa de la eutanasia) para replantear las relaciones entre la Iglesia y el Estado y la situación del catolicismo como religión mayoritaria. En este plano, lo más grave es la estrategia destinada a sustituir Estado no confesional por el laico. Hace unos días la vicepresidenta del Gobierno tuvo la audacia de hablar de nuestro Estado «aconfesional o laico». ¿Fue intencionada esta bárbara confusión de conceptos o fue producto de la ignorancia? Resulta difícil pensar que Fernández de la Vega no conozca la diferencia abismal entre no confesionalidad y la carga antirreligiosa de las concepciones laicas. Al menos debería saber que la laicidad -a la francesa- no es compatible con nuestro Estado por razones constitucionales, pero sobre todo por exigencias de nuestra personalidad histórica.

EN esta situación, la Iglesia y los intelectuales creyentes y/o culturalmente católicos y defensores de la convivencia entre los españoles tenemos que entrar en esta guerra en términos pedagógicos, pero no por ello descargados de pasión: pedagógicos por cuanto los socialistas juegan con la confusión de conceptos y con la ignorancia en nombre de la superioridad que atribuyen al agnosticismo; pasionales por cuanto habrá que utilizar el látigo dialéctico contra los profesionales de la impostura, que, como el ministro Bono, justifican el aborto libre y bendicen los matrimonios de homosexuales «en nombre del amor».

 
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