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Escrito por Gregorio Robles   

 

Educación de sentimientos

Publicado en La Razón, 28 de octubre 2004

 

El otro día, al encender la televisión, me encontré con que estaba hablando en la tribuna de oradores del Congreso un diputado que razonaba de la siguiente manera: «Mi padre me decía: cuando vayas a la vida profesional nadie te va a preguntar si sabes religión, sino si sabes matemáticas». Moraleja del razonamiento: la religión no sirve para nada, las matemáticas son muy útiles para solucionarte la vida. Yo, que soy catedrático de derecho desde hace más de veinte años, no recuerdo que nadie me haya preguntado nunca si sabía matemáticas.

Claro que tengo el mayor respeto del mundo por esta ciencia, que constituye la demostración no sólo de que existen entidades ideales sino también de que la razón humana es capaz de elevarse más allá de los datos de la experiencia. Pero lo que preocupa del razonamiento del convencido diputado no es su alabanza de las ciencias exactas, sino su desprecio por lo que podemos llamar la educación de los sentimientos. Al razonamiento algo pedestre del parlamentario subyace una determinada concepción de la cultura y un cierto estilo de orientación vital. Hay en esas palabras una mezcla de utilitarismo ramplón y de desprecio por los valores.

Lo importante es, como se decía antes, saber de cuentas y de contabilidad, que así el chaval seguro que encontrará empleo en alguna oficina más o menos siniestra. Pero la vida humana no se reduce a la profesión, por mucho que ésta importe. Somos seres que precisan de ideales, de metas altas, y cuando una sociedad renuncia a dichos ideales y metas deja en realidad de ser una auténtica sociedad para transformarse en un cuerpo carcomido y decadente. Por eso, los partidos políticos que apoyan sólo la mera profesionalización de la enseñanza y se olvidan de la educación en actitudes ante la vida, no pueden ser calificados de progresistas y avanzados, sino de destructivos y decadentes.

Se miren las cosas como se miren, la religión no manipulada, la religión a secas, la que educa en el sacrificio, en la disciplina, en el desprendimiento, en la generosidad, constituye un elemento educativo primordial. Despierta en el niño sus mejores sentimientos y le da una confianza para la vida que ninguna matemática le puede proporcionar.

Es indiscutible que la religión manipulada, puesta al servicio de intereses espurios, es algo deleznable y genera justo lo contrario de nobles sentimientos. Pero no veo el daño que puedan causar en las mentes y los corazones infantiles y adolescentes el leer los Evangelios y comentarlos. Esta obsesión anticlerical de los actuales «comecuras» no puede interpretarse sino como una cortina de humo para evitar que se vean otros problemas de fondo, sobre todo, para ocultar que no se tiene un verdadero programa de gobierno. Todo se está reduciendo en la actualidad a desmontar lo hecho por los gobiernos anteriores. Este país precisa de auténticas políticas de Estado, sobre las cuales haya un acuerdo básico y perdurable de los principales partidos. Y uno de los puntos esenciales necesitados de dicho acuerdo es la educación, que no puede polarizarse en una formación exclusivamente técnica. Desgraciadamente para todos nosotros la transición todavía no ha pasado: los viejos fantasmas nos acucian.

 

 
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