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LA VIDA PRIVADA DE LOS POLÍTICOS por JAVIER GOMÁ LANZÓN. Premio Nacional de Ensayo/ La tercera de ABC 23 noviembre 2004
Y en este negocio de las costumbres cívicas, los políticos y personas públicas tienen un papel preponderante. Los ejemplos públicos tienen, de hecho, nos guste o no, una gran influencia social. No digo que los políticos sean ejemplares, sino que son ejemplo, positivo o negativo. La ejemplaridad de un particular ejerce su influencia en el ámbito privado de sus relaciones. En cambio, la ejemplaridad de los políticos da el tono a la sociedad que gobiernan, crea pautas de comportamiento, define el dominio de lo permitido y no permitido, produce costumbres morales y cívicas. Al ser personas dotadas de capacidad para influir en las vidas y derechos de los miembros de la comunidad a la que gobiernan, atraen constantemente la atención de éstos, y por eso la manera en que ellos viven, se organizan, hablan, razonan, expresan preferencias y actúan, conforma paradigmas morales, muchas veces inconscientes, que pueblan la conciencia de los ciudadanos. Si esto es cierto en todas las épocas, lo es mucho más en la actual, caracterizada por la omnipresencia de los medios de comunicación de masas. Incluso en el seno de la galaxia Gutenberg, dominada por el imperio del texto escrito, los hombres han seguido necesitando visualizar la ley abstracta encarnada en personas y conductas concretas. Y ahora en la nueva sociedad virtual, los políticos llegan a la ciudadanía a través de una presencia constante de los medios de comunicación, donde su imagen reiterada, engrandecida, aureolada de prestigio, despliega una inmensa fuerza de persuasión social y psicológica que ellos conocen y administran con cuidado y a su mayor conveniencia. Luego si, con carácter general, cabe afirmar que todo ejemplo es fuente de moralidad, en el caso de los políticos, ejemplos dotados de mando y prestigio y exaltados por los medios de comunicación, esa capacidad de influencia moral se multiplica exponencialmente.
A diferencia del ciudadano común, que puede hacer todo lo que sea lícito y no esté prohibido por las leyes, al político le es exigible algo más, un plus respecto a la observancia estricta del ordenamiento jurídico. La razón es que están dotados de un doble poder, como legisladores y titulares del poder coactivo, primero, y como paradigmas de comportamiento social, después. Un doble poder implica una doble responsabilidad: la responsabilidad de su competencia técnica y política, y la responsabilidad del ejemplo personal. Si se extrajeran todas las consecuencias de las citas de Hegel y Rousseau arriba transcritas, habría que concluir que una sociedad de hombres justos requeriría un número escaso de leyes escritas y que, por el contrario, la actual proliferación de leyes -la conocida «legislación motorizada»- se debe a una preocupante ausencia de ejemplaridad en la esfera pública. La inmoralidad de algunos políticos difunde un ejemplo negativo y genera una desmoralización social que luego los políticos de la generación siguiente deben reprimir o corregir mediante la desdichada aprobación de leyes más severas y restrictivas.
Una doble responsabilidad que nace de un doble poder. Pero ese poder normativo-coactivo de los políticos, o de ser ejemplos persuasivos que orientan nuestra forma de ser y tener de vida, no es, en una sociedad democrática, originario sino vicario: lo ejercitan porque los ciudadanos se lo confían. Y se lo confían en la medida en que sean dignos de confianza, de que sean fiables. Y para juzgar si un político es fiable no basta que sea buen orador, parlamentario, gestor o técnico, ni siquiera el juicio debe limitarse al terreno político, sino que se extiende al conjunto de su persona, a qué clase de hombre o mujer es en general, si se aproxima más o menos a la idea de ejemplaridad que tenemos intuitivamente en la conciencia cada uno, buen padre o madre, buen vecino, buen profesional, buen ciudadano. Cuando contratamos a una persona en nuestra empresa o confiamos un encargo importante a alguien, todos los datos sobre su honestidad son importantes. Mucho más en el caso de un político, que va a regir sobre nuestra vida, libertad, hacienda y derechos. Es natural -es obligado- que queramos reunir toda la información disponible, con pleno respeto de su intimidad personal, que sea de interés para evaluar en el político lo que los romanos llamaron decorum, la honestidad no en ese o aquel ámbito sino en el conjunto de su vida.
Por eso decía al principio que lo único verdaderamente importante de los políticos es su vida privada. |
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