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La Resurrección de Nietzsche Imprimir E-Mail
"Las crisis, en el sentido de mutaciones importantes de lo que nos afecta, son algo que exige reflexión, porque, si no se
consideran su naturaleza, sus causas y sus efectos, difícilmente se podrán afrontar con éxito en el futuro".

LA GACETA DE LOS NEGOCIOS, 31 ENERO 2005

Isabel Ruíz-Gallardón

Así se resuelve la aporía que plantea el dicho popular "el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra", y lo hace porque, renunciando a su capacidad humana, reflexiona poco y mal.

La asunción de nuestras limitaciones no conduce al pesimismo radical. El hombre que sueña unos ideales en los que cree y por los que lucha presta un gran servicio a la humanidad. Platón soñó la Atlántida y América fue descubierta; Galileo reafirmó el heliocentrismo y la Iglesia hoy le rinde homenaje; Newton abrió la física a Einstein; Carlomagno imaginó la unidad política de los pueblos y se ha creado la Unión Europea, que se fundamenta en la aceptación del hombre y de la paz como objetivos y del diálogo como procedimiento. Cristo, como Mahoma, nos propuso a un Dios como Padre y Creador, y hoy, más que en ningún otro momento histórico, se impone el sentimiento de la hermandad de todos y nos duele la insolidaridad humana.

Sólo por medio de la reflexión somos capaces de fijarnos metas y de luchar por conseguirlas. Pero, en la España actual, han calado muy hondo las tesis existencialistas de los siglos XIX y XX, que negaron los valores racionales. La consecuencia es el relativismo moral en el que cada cual puede defender su verdad con la misma fuerza y legitimidad, pues no existe referencia objetiva con la que contrastar nuestras decisiones. Esta situación angustiosa lleva —como afirma Heidegger— "a la confrontación del individuo con la nada y con la imposibilidad de encontrar una justificación última para la elección que la persona tiene que hacer".

Hemos ido más lejos que los filósofos franceses que trataron de construir una moral laica suprimiendo a Dios con el menor coste posible. Sustituyeron a Dios por ciertos conceptos apriorísticos: democracia, honradez, legitimidad, veracidad... Hoy, en España, este modelo francés se reemplaza por el existencialismo más radical en la línea de lo que ya dijo Dostoievsky: "Si Dios no existiera, todo estaría permitido". Y el medio elegido para llevar a cabo esta gran confusión que sume a nuestra sociedad en una terrible crisis vital es la destrucción de los conceptos que definen nuestros valores e instituciones.

En efecto, asistimos a la aplicación de las tesis existencialistas más radicales en política y Nietzsche resucita, con su muerte a Dios y a toda referencia moral objetiva. Este proceso de destrucción es fruto de la debilidad y la incapacidad para fijarse metas a las que dirigir el esfuerzo. Más bien, aferrándose al poder, se busca la coalición con los insolidarios que, teniendo claro lo que persiguen, se aprovechan de tal debilidad.

Se destruye el concepto, es decir, aquello que más caracteriza la racionalidad humana y que posibilita el entendimiento entre todos a través del lenguaje. Para el Gobierno, lo mismo da nación que nacionalidades, lo mismo da matrimonio heterosexual que homosexual (aunque el dictamen del Consejo de Estado haya dicho que la equiparación en derechos y deberes se puede llevar a cabo sin distorsionar el concepto).

Dentro de poco, se atacará al concepto mismo de democracia, cuando se plantee quién puede decidir el destino del pueblo vasco o catalán... No será extraño que se niegue tal derecho a todos los españoles.

Lo mismo ocurre con un sinfín de conceptos que el Gobierno ataca y vacía de contenido para manipularlos; el concepto de vida humana como existencia, se transforma en vida de calidad, con el propósito de dar cabida a su destrucción, cuando se considera inútil o en colisión con otros intereses.

El mismo concepto de la ley como norma general, imperativa y coercitiva, sujeta a una forma de creación, se destruye, con el fin de eludir los procedimientos, que, esencialmente, constituyen la garantía frente a la arbitrariedad.

Con la destrucción de los conceptos, la sociedad se pierde en una terrible crisis existencial sin referentes objetivos estables; y, entonces, los individuos ahogan sus penas en el placer de lo inmediato... pan y circo para todos.

Cuanto antecede intenta servir para que cualquier ciudadano comprometido con el destino de su país pueda formularse la pregunta que exige toda reflexión existencial: ¿Hacia donde vamos? Buscando la respuesta, la Historia de la Teoría Política del politólogo George H. Sabine, constata, en su análisis de cómo surgieron los movimientos nacionalsocialista y fascista, en Alemania y en Italia respectivamente, lo siguiente: "Ambos partidos surgieron por una coalición entre un partido que afirmaba ser socialista y otro que era en realidad nacionalista (...) El socialismo nacionalista se acercó mucho, pues, al sueño del político de poder prometer todo a todo el mundo; y esta fue, en efecto, la estrategia de Mussolini y de Hitler hasta que consolidaron su poder".

 
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