| La muerte como tendencia |
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LA MUERTE COMO TENDENCIA Por Juan Manuel DE PRADA/ ABC 21 de marzo de 2005 BROMEABA Rosa Belmonte en uno de sus descacharrantes artículos sobre la remoción de la estatua de Franco, aventurando que quizá en un futuro más o menos próximo las esculturas ecuestres podrían convertirse en «tendencia». Bajo la apariencia absurda de la boutade, Rosa Belmonte acertaba a designar una de las características de nuestra época, cierto mimetismo freak al que cada vez son permeables más y más personas. Auspiciadas desde los medios, las expresiones de este mimetismo abarcan las formas más variopintas: la acuñación verbal («raro, raro, raro» o «un poquito de por favor»), la moda indumentaria (el rosario usado a guisa de collar), la pura oligofrenia onomástica (la manía de bautizar a las niñas con una falta de ortografía, según el modelo principesco). En este auge del mimetismo freak se confabulan cierto encumbramiento desinhibido de la horterada como signo de identidad social, cierta veneración de las novedades más inanes, cierta propensión a mitigar nuestra insignificancia a través de signos visibles consagrados por la moda. En el fondo de este mimetismo freak subyace, naturalmente, cierto complejo de inferioridad; pero no un complejo atribulado ni cohibido, sino por el contrario orgulloso de su condición, engreído y vociferante.
En sus manifestaciones más inofensivas, este mimetismo freak adquiere el prestigio -ínfimo si se quiere, pero muy resultón- de lo chocante; incluso lo miramos con cierta simpatía o fascinación, pues al hombre siempre le ha producido alivio comprobar que sus semejantes chapotean en la misma charca de vulgaridad gregaria en la que él mismo se refocila. Otras veces este mimetismo freak infringe los límites más o menos aceptados de la banalidad, para incursionar en territorios más peligrosos. Es aquí donde se impone una reflexión algo más honda sobre un fenómeno que puede llegar a tener connotaciones trágicas. En Lober de Aliste, un pueblecito de Zamora, la intervención policial ha frustrado el suicidio de tres jóvenes sin otro vínculo que el entablado a través de internet. El método que habían elegido para cumplir su designio fúnebre -inhalación de monóxido de carbono-, así como su planificación, iniciada a través de contactos on line, nos permiten afirmar que los jóvenes estaban imitando los suicidios colectivos que en los últimos meses se han perpetrado en el bosque de Aokigahara, en Japón. Suicidios muy litúrgicamente premeditados, en los que los suicidas no se conocían entre sí, más allá de los correos electrónicos que se habían intercambiado para resolver las «cuestiones logísticas» e infundirse ánimos.
No entraremos a valorar aquí los motivos que han impulsado a estos jóvenes a intentar quitarse la vida. Juzgar una decisión tan extrema nunca está al alcance de quien la contempla desde fuera, incapaz de zambullirse en el amasijo de angustia y aturullamiento que ofusca al suicida. Más apropiada es la valoración del método que estos jóvenes habían elegido para infringir el último tabú. Resulta evidente que, en su imitación del modelo japonés, estos suicidas frustrados estaban afirmando su voluntad de adherirse a una «tendencia». Llegados a este punto, deberíamos preguntarnos si a través de ciertas formas de propaganda mediática no se está empezando a fomentar la muerte como un concepto estéticamente atractivo -una escapatoria frente a la insoportable levedad del ser-, iluminado por las lámparas tontorronas y multicolores de la moda. Esta banalización risueña de la muerte, convertida en expresión de un capricho soberano o en metáfora fresquísima de la libertad, ya ha empezado a causar estragos. En unos años, los cementerios se llenarán de fashion victims. |
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