| El Replicante y el Mendigo |
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EL REPLICANTE Y EL MENDIGO Por Juan Manuel DE PRADA/ ABC 7 de marzo de 2005 LA Semana de Cine Fantástico de Málaga dedicaba la noche del sábado un homenaje al actor Rutger Hauer, el inolvidable replicante de Blade Runner, a quien tuve el honor de presentar ante un público fervoroso de más de seiscientas personas que se pusieron de pie para dedicarle una ovación cerradísima. Han transcurrido más de veinte años desde que se estrenara aquella película de Ridley Scott, pero su recuerdo sigue convocando a nuevas generaciones de aficionados que no dejan de encender velas en la capilla consagrada a su culto. A sus sesenta años, Rutger Hauer sigue manteniendo una prestancia juvenil; en su mirada, de un azul casi líquido, hay un no sé qué de feroz o intimidante, como de león que acabase de escapar de su jaula. Antes de que se proyectara Blade Runner, Rutger Hauer respondió la avalancha de preguntas del público; como no podía ser de otro modo, la mayoría se referían a esa secuencia final que ya ha ingresado en las mitologías del celuloide, cuando el replicante agoniza sobre una azotea y celebra las maravillas que han desfilado ante sus retinas. En el guión original, el parlamento de Rutger Hauer era mucho más extenso y tedioso; pero el actor solicitó a Ridley Scott abreviarlo y sustituir las últimas parrafadas por una frase en la que se agolpa y concentra la poesía trágica del personaje que interpreta: «Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es la hora de morir». Scott, por fortuna, accedió al cambio; también permitió que Rutger Hauer, en lugar de morir entre estertores y paroxismos de dolor, como proponía el guión, lo hiciese de un modo mucho más delicado y discreto, dejando soltar una paloma que asciende con ímpetu al cielo anubarrado, como si al espíritu del replicante le hubiesen brotado de repente alas. Tras el homenaje, acompañé a Rutger Hauer al restaurante donde alargaríamos la cena, despreocupados del reloj. Hacía una noche ventosa cuando por fin regresamos al hotel; el aire, afilado como una daga, se enredaba entre los faldones de su gabán de cuero negro, muy similar al que luce en Blade Runner. Un mendigo salió a nuestro paso, pidiéndonos limosna; era un jamaicano de peinado rasta y facciones de hurón adelgazadas por el frío que caminaba a trompicones, tropezándose con sus propios harapos. Cuando reparó en las facciones de mi acompañante se quedó estupefacto; la mandíbula descolgada delataba su pasmo. Extendió los brazos que parecían invertebrados para tocar al hombre del gabán negro. «Oh, my God! I can´t believe it! I can´t believe it!», vociferó en su inglés impracticable. La incredulidad cedió paso a un nerviosismo que apenas le permitía articular palabra; su mirada se había esmaltado de un brillo premonitorio del llanto. «But you´re Rutger Hauer! Oh, my God! You´re my favourite actor», repetía como en una salmodia; un júbilo mezclado de pudor se iba adueñando de su cuerpecillo enclenque y aterido. Mientras el mendigo recitaba los títulos de sus películas, Rutger Hauer sacó de un bolsillo interior de su gabán una cartera; cuando se disponía a tenderle un billete, el mendigo se lo impidió con un ademán terminante: «Me has hecho demasiado feliz durante tantos años... Y ahora acabas de alegrarme el día. No puedo aceptarlo. De verdad, no puedo», le dijo, atragantado por la emoción, y se llevó las manos a la espalda, a la vez que empezaba a retroceder. Rutger Hauer sonrió muy pudorosamente; en sus ojos de un azul casi líquido brilló una luz en la que se fundían piedad y orgullo. Mientras nos alejábamos por las callejuelas de Málaga, aún oíamos la salmodia exultante del mendigo: «Oh, my God! I can´t believe it!». Rutger Hauer, arrebujado en su gabán de cuero negro, reprimió un escalofrío. |
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