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No estamos solos por Juan Manuel de Prada ABC, 25 abril 2005 Un ajedrez de banderas blanquicelestes se confunde con la mañana, que se ha despertado clara y limpia. Sus portadores visten el traje tradicional bávaro, que huele a bosques umbríos, tapizados de musgo y hojarasca; son hombres de una alegría rechoncha y bonancible, mujeres de mejillas sonrojadotas a quienes el sol romano transmite una tibieza de pajar donde germina el heno. Tienen unos ojillos del color de la cerveza, y se ríen con una risa que parece nacerles en las tripas y les trepa en estampida hasta la garganta, para después desparramarse como una gaseosa que hace saltar el tapón. Algunos ensayan un baile con intercambio de parejas, un baile rústico que acompañan de instrumentos en los que anida el rumor de la fronda y la algarabía de los pájaros; cuando lo concluyen, se dejan caer sobre el suelo de la Plaza de San Pedro -ya son algo talluditos para estas exhibiciones-, con esa beatitud que tiene la hierba recién segada. Hablan en una lengua dulce, como borracha de delicadeza, que ni siquiera parece alemán. Son los paisanos del Papa Benedicto XVI, algunos incluso oriundos del mismo pueblo que él, Marktl am Inn, en la diócesis de Nassau; en las manos anchas y rugosas, en los entrecejos apretados por el esfuerzo, se lee su genealogía campesina. «¡Ojalá nos acompañase al pianoforte Joseph» -exclama Ludwig, un sesentón fornido que actúa como cabecilla del grupo y presume de incorporar el apellido Ratzinger, en tercer o cuarto lugar-. Pero me temo que ya tenga pocas oportunidades de tocarlo. ¡Salvo que pida que se lo lleven a sus aposentos!», concluye con una risotada. «¡Pues claro que se lo llevarán! -afirma Otto, otro sesentón mucho más enteco, de patillas que le descienden hasta el pescuezo- ¡Su pianoforte y sus gatos! ¿Qué haría nuestro Joseph si le faltasen los gatos?». Dionigi, propietario de una tienda de souvenirs religiosos aledaña de la casa que ocupaba el cardenal Ratzinger hasta su elección, me confirma este extremo. Apenas asomaba por las mañanas en el portal del edificio, ataviado con su sempiterna boina y su jersecito negro algo gastado en las coderas (el mismo jersecito que le asomaba por las bocamangas de las vestiduras eclesiásticas, cuando salió al balcón central de la Basílica a saludar a los fieles, tras la celebración del Cónclave), un séquito de gatos famélicos, huérfanos de la caricia de Baudelaire, se congregaba en su derredor, para repartirse las sobras de su cena. A muchos de estos gatos callejeros, el cardenal Ratzinger los había adoptado y los llamaba por su nombre; aunque ariscos por naturaleza, los gatos correspondían a su magnanimidad desfilando en comitiva detrás de él, orgullosos de su benefactor, que sin duda había venido a parar a la ciudad más adecuada para cultivar su predilección, porque Roma es la ciudad de los gatos, gatos aristócratas y sarnosos, gatos beatísimos y herejes, gatos somnolientos y vivaces que han aprendido a rezar en latín, gatos innumerables como fuentes que sin duda hubiesen inspirado a Lope de Vega otra gatomaquia. Quizá esta misma noche se reúnan bajo las ventanas de las estancias papales y entonen un concierto de maullidos, solicitándole audiencia y también la promulgación de una bula que los declare animales sagrados. «Le gustaba la pasta picante» A quienes el nuevo Papa ya ha prometido audiencia es a los camareros de los restaurantes del Borgo Pío, donde era comensal frecuente. Me lo confirma Carmine, un camarero septuagenario que reclama a gritos una jubilación pero que, entretanto, sigue sirviendo en Da Marcello: «El Santo Padre tenía un cuidado exquisito de no repetir nunca restaurante, para que no se le notase favoritismo alguno. Al nuestro solía venir un par de veces por semana. Le gustaba la pasta picante -dice, y se encoge de hombros, perplejo ante las preferencias papales-; a mí siempre me extrañó que un hombre de aspecto tan delicado tuviese un paladar tan resistente. Desde luego, quien quiera ser su cocinero debe ser generoso con los condimentos». La misa ya está a punto de comenzar; las tribunas de privilegio las ocupan -las deshonran- mandatarios con aspecto de alguacilillos endomingados. En los integrantes de la legación española, el cronista descubre ese gesto papamoscas y paletísimo que delata a los jurados de los concursos de misses de pueblo; pero es que el cronista, desde que vino a Roma, no reconoce otra autoridad que la papal. El canto de la letanía de los santos me distrae de estos pensamientos melancólicos; la liturgia milenaria que ahora se inicia tiene una calidad apaciguadora, balsámica, que reconforta el ánimo. Cuando Benedicto XVI besa el altar, precedido por los cardenales, un granizo de aplausos restalla en la Plaza. Será el primero de los más de treinta que después interrumpirán su homilía. «Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. A la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos». Las palabras de Benedicto XVI exorcizan la soledad; son palabras pronunciadas con una voz menuda, despeinada por el viento que se pasea por la Plaza de San Pedro, muy alejada de ese tono de soflama que los alguacilillos endomingados suelen regalar a sus adeptos, como quien arroja carnaza a las fieras. Es una voz abrumada por la tarea que acaban de arrojar sobre su espalda; pero en la fragilidad de esa voz se compendian, como en la llama diminuta de una vela, todos los incendios que alumbran el mundo. Benedicto XVI ha querido estrenar su pontificado invocando la respiración unánime de la multitud que lo sostiene; ha querido subrayar la responsabilidad solidaria, colegial, que obliga a cualquier católico, en comunión con quienes le precedieron y quienes lo acompañan, a alzarse de los escombros y espantar los reparos que nos impiden entregarnos plenamente, libremente, a una misión que «no quita nada y lo da todo». Esta idea de comunión intrépida, numerosa y deseosa de seguir viviendo siempre ha calado en la multitud, que ya no sólo aplaude las palabras de Benedicto XVI, ni la memoria fresquísima de Juan Pablo II, sino la continuidad de una fe que hace santos e inmortales a los hombres. Lanzo una mirada furtiva a la mujer que está a mi lado, temblorosa como un álamo y encaramada sobre mi hombro, como aquel Zaqueo que se encaramó a un sicomoro para mejor escuchar al Galileo. Es mi mujer, la mujer que elegí entre todas; me aprieto a su temblor y le susurro: «No estamos solos». |
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