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Lord Jim, el ególatra
GACETA DE LOS NEGOCIOS, 7 septiembre 2005
Antonio R. Rubio Plo
En algunos ensayos de Michael Ignatieff o André Glucksmann, en los que se analiza el terrorismo islamista, se recurre a personajes literarios a modo de claves de interpretación de las conductas de unos individuos que elevan el morir matando a la categoría de gloria. Los citados autores nos hablan de Medea o Emma Bovary, diferentes en apariencia de las “bombas humanas” actuales. Las comparaciones no son, sin embargo, tan extrañas, porque en los recovecos de la conducta humana conviven el bien y el mal, y criaturas aparentemente frágiles pueden aflorar toda una carga de odio y violencia; y esto a pesar de las diferentes épocas históricas o de bienintencionados proyectos de ingeniería social.
En otras ocasiones, la acción asesina no será un efecto de odios soterrados, sino de lo que Isaiah Berlin calificaba de “necesidad de reconocimiento”. Otro personaje literario, el Lord Jim de Joseph Conrad, es un prototipo de dicha necesidad. Jim es un marino que pretende borrar con un acto heroico su cobardía y la de la tripulación de su buque, el Patna, que escapa con sus escasos botes salvavidas y abandona a su suerte a 800 pasajeros musulmanes que van a La Meca. Años después, en la isla malaya de Patusan, no podrá evitar el asesinato del hijo de Doramin, un jefe nativo amigo suyo. Jim ofrece al padre su vida como “compensación” por la de su hijo. Tal es su acto “heroico” postrero, pleno de autosatisfacción. Sin duda, Jim muere convencido de su superioridad moral.
El terrorista suicida guarda ciertas analogías con Jim. No sabemos si en lo profundo de su conciencia creerá en ese paraíso prometido de oasis y huríes, pero, por de pronto, tiene rápido acceso al paraíso de la fama terrenal y mediática que conlleva la muerte concebida como espectáculo, una muerte que obedece también a la necesidad de reconocimiento por su familia y su comunidad. Lo que mueve la acción terrorista ya no es una liberación nacional o la lucha por una sociedad perfecta. Con esos objetivos se matan a otros, pero no a uno mismo. Mas, al igual que Jim, el suicida se equivoca al pensar que la redención es obra de la egolatría. No hay más grandeza moral por desear morir con un esbozo de sonrisa en los labios. Coincide con Jim en considerarse en el fondo perfecto, y en haberse alejado voluntariamente de los demás seres humanos que para él son imperfectos. Su erróneo concepto de la dignidad le impide afrontar con los otros las duras condiciones de la existencia. Al final, su superioridad moral radica en unos cuantos kilos de explosivos. |