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El malestar europeo Imprimir E-Mail
El malestar europeo Por JUAN MANUEL DE PRADA ABC 7 de noviembre de 2005 PODEMOS engañarnos pensando que los desmanes que estos días se suceden en Francia son tan sólo la expresión traumática de un fracaso político; se trataría de un diagnóstico tranquilizador, pero insuficiente. Detrás de la parálisis institucional, de la hipertrofia burocrática, de la crisis de un modelo social, del florecimiento de movimientos radicales animados por un apetito de destrucción y saqueo, se esconde ese malestar colectivo que ataca a las naciones cuando han dejado de creer en su futuro y se entregan orgiásticamente a la decrepitud. Solzhenitsyn, hace ya algunas décadas, aludía al «arrebato de automutilación» que minaba la vitalidad del continente, desde que la conciencia europea empezase a excluir a Dios. Pecaríamos de ingenuidad si pensáramos que este «arrebato de automutilación» es una enfermedad exclusivamente francesa; sus síntomas los comparten, con mayor o menor virulencia, los países de su entorno, víctimas de una mortífera mezcla de prosperidad material y nihilismo espiritual. Hacia el final de sus colosales «Memorias de ultratumba», Chateaubriand se dispone a entrar «intrépidamente, crucifijo en mano, en la eternidad». En esta hermosa frase, tan aguerrida y elegíaca, se condensa el espíritu de una Francia ya extinta. Ciento cincuenta años después, el país que engendró al grandioso Chateaubriand encumbra a escritores como Houellebecq, sin más fe que el hastío, la fatiga y el hartazgo. Compararlos con aquellos titanes de antaño equivale -afirmaba un sembradísimo Valentí Puig en un artículo reciente- a comparar la Victoria de Samotracia con una muñeca hinchable de sex-shop; pero cada época tiene los escritores que merece y celebra a aquéllos que mejor aciertan a captar su idiosincrasia. Y escritores como Houellebecq no hacen sino poner un espejo al borde del camino, para que en él se refleje el hombre europeo, convertido en una «pasión inútil» después de renunciar al genio del cristianismo, náufrago en el aguachirle relativista, incapaz de defender los valores y principios que fundaron su civilización y su fortaleza espiritual. En estos tiempos de malestar que anticipan la muerte de Europa, me permitirán que insista en la cita de Chateaubriand: «No considero que haya otra solución para el porvenir que no esté en el Cristianismo y en el Cristianismo católico; la religión del Verbo es la manifestación de la verdad, así como la Creación es la manifestación de Dios. No pretendo en absoluto que tenga lugar una renovación general. Admito que pueblos enteros están abocados a la destrucción; admito también que la fe se está secando en ciertos países; pero si queda un solo grano, si cae en un poco de tierra, aunque sólo sea en los restos de un tiesto, este grano germinará, y una segunda encarnación del espíritu católico reanimará a la sociedad. Cuando haya alcanzado su punto culminante, las tinieblas acabarán de disiparse; la libertad, crucificada en el calvario con el Mesías, descenderá con Él; devolverá a las naciones ese nuevo testamento escrito a favor suyo. Pasarán los gobiernos, desaparecerá el mal moral, la redención anunciará la consumación de los siglos de muerte y de opresión nacidos de la caída. ¿Cuándo llegará ese tan deseado día? ¿Cuándo se recompondrá la sociedad? Nadie puede decirlo; imposible calcular cuánta resistencia opondrán las pasiones humanas. Pero si debe haber un porvenir, un porvenir poderoso y libre, sólo podremos alcanzarlo con la ayuda de esta esperanza cristiana, cuyas alas crecen a medida que todo parece traicionarla». Sospecho que los franceses, los europeos todos, han dejado de leer a Chateaubriand; si algún día vuelven a hacerlo, quizá encuentren una solución a su malestar. Quizá entonces un grano germine, reanimando a la sociedad.
 
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