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Formación en las virtudes Imprimir E-Mail
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Guión para sesión sobre Formación en las virtudes

Por José Antonio Senovilla García

Formación en las virtudes

Por José Antonio Senovilla García

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Pretendemos en estas páginas enriquecer el concepto de virtud humana, haciéndolo así más asequible al hombre de hoy.

Un concepto de virtud que sea capaz de ilusionar a hombres y mujeres de buena voluntad.

Es sorprendente la riqueza de matices que hay en Santo Tomás al hablar de la virtud moral, y que quizá no se han transmitido con suficiente fuerza, al quedar casi como única definición de virtud moral la de sus tratados sistemáticos: "hábito operativo bueno". Esta definición, siendo correcta y estando llena de profundidad, puede haber derivado en un reduccionismo que lleve a muchos a poner el acento, casi en exclusiva, en la necesidad de repetir actos, y a quedarse con el regusto negativo de que eso que nos dicen que es bueno tiene su razón de bondad en que alguien me lo impone desde fuera, en tanto que a mí me resulta costoso, y muchas veces ni siquiera llego a entender por qué es realmente bueno, o incluso si existe lo bueno.

En todo caso, parece que en una época tan compleja, no podemos conformarnos: hemos de buscar nuevas formas de dar buena doctrina. Y en esta labor el concepto de virtud es esencial: la definición comentada no es única, ni lo explica todo.

En primer lugar, se trata de señalar que en el hombre hay mucho de bueno por el mero hecho de ser hombre: la naturaleza humana conlleva unas bases muy sólidas que permiten al hombre aspirar a su fin último, la felicidad en Dios. Existen en nosotros las semillas de las virtudes que Dios ha puesto, y que son una participación en la misma luz divina. Sobre esto se cimenta nuestra libre respuesta.

Por otra parte, las virtudes perfeccionan nuestras capacidades y potencias naturales. Santo Tomás demuestra que la virtud facilita y hace deleitable nuestro correcto actuar. Si se reduce sólo la virtud a una costosa repetición de actos que otro califica de buenos, se pierde esta perspectiva. Normalmente, si se compara en este sentido la virtud moral con la virtud intelectual o algún hábito práctico (la natación, el manejo de un artilugio, la lectura) se ofrecerá una imagen cercana de cómo los hábitos operativos completan las capacidades naturales en orden a facilitarnos el actuar, acertando y aprendiendo a disfrutar en ese nuevo dominio. Esto acerca la virtud y la hace más atractiva, sobre todo a la hora de transmitirla con sentido positivo a los más jóvenes.

Otro rasgo de la virtud a menudo ignorado: la virtud supone el orden y la armonía, de lo más elevado que hay en nosotros, sobre los meras inclinaciones, que por otra parte presentan también una orientación adecuada a esa ordenación racional. Esto implica que no se trata de reprimir las inclinaciones que sentimos como seres dotados de cuerpo, sino de gobernarlas políticamente, no de manera despótica o desgarrada, para llevarlas a incluirse en un orden que nos llevará a sentirnos dueños de nosotros mismos, más allá de los meros factores que nos lleguen a afectar, externos o internos. Si la virtud es el dominio de las pasiones (inclinaciones, afectos, sentimientos) por parte de la recta razón, hoy estamos casi en el paradigma contrario: lo que se enseña y se vive es, muchas veces, el dominio –esta vez despótico- de los sentimientos efímeros sobre la razón.

La virtud no es algo impuesto, una especie de prohibición con sabor a castigo: es lo que nuestra propia razón nos dicta si está bien asesorada y si hemos profundizados suficientemente en los motivos más adecuados que nos pueden mover a actuar. Todo esto nos habla, además, de cómo el hombre –y la propia naturaleza- actúan siempre por un fin. Y ese fin es la felicidad.

Siempre buscamos el bien, pero hay veces que elegimos mal. Es preciso aprender a encontrar los medios adecuados para acertar en las situaciones concretas. Lo justo es, lo que hace el justo: en definitiva, quien adquiere la virtud, adquiere la capacidad de acertar en el caso concreto.

La virtud nos facilita el actuar, y por tanto nos permite alcanzar mejor los objetivos concretos que nos proponemos. Si nos vamos haciendo dueños de nuestras capacidades según la recta razón, según el correcto modo de ser hombres, seremos cada vez más libres para elegir, y más efectivamente capaces de alcanzar aquello que hemos libremente elegido.

Buscamos el bien. También ocurre así con los otros hombres. Si hay conflicto, es probable que se trata sólo de un malentendido, y eso se resuelve hablando, buscando los puntos en común y, en todo caso, tratando de comprender esa visión distinta de la nuestra. Esto, Santo Tomás, lo definió técnicamente como disputatio.

La virtud está ordenada al amor, y nos lleva a tener más capacidad de amar y de ser amados. "El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios".

Todo hombre tiende por naturaleza al bien. No lo demos nunca por perdido: si encontramos el modo y momento adecuado de ayudarle, esa tendencia natural al bien terminará aflorando: "Mi experiencia de hombre, de cristiano y de sacerdote me enseña (...) que no existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre".

La virtud no sólo hace buena la obra en sí, sino que hace bueno al que actúa. Cuando actuamos, no permanecemos iguales: si actuamos bien, somos un poco mejores; si mal, hemos retrocedido. No somos indiferentes en nuestro actuar. Somos libres, pero con una libertad peculiar: no lo somos para dejar de ser libres.

Si no fuera por las virtudes, nuestra dispersión sería tremenda: la inteligencia por un lado, los sentimientos por otro, la voluntad perpleja... y el dolor de muelas que no nos deja ni pensar, ni descansar...

La virtud es la que nos permite aprender, y no olvidar inmediatamente lo aprendido. La virtud da estabilidad a nuestros logros.

La virtud nos hace felices; no hace más que llevarnos, conforme realmente somos, conforme a lo mejor que hay en nosotros mismos, hacia el fin que realmente deseamos.

Aristóteles y los clásicos precristianos escribieron páginas de un gran atractivo sobre las virtudes: baste recordar el tratado sobre la amistad de su Etica a Nicómaco. Con más razón, podemos descubrir la profundidad y belleza del estudio que Santo Tomás hace de la virtud.

 

APÉNDICE: Algunos rasgos sobre la virtud citados también por Santo Tomás.

"Virtud es la disposición de lo perfecto para lo óptimo" (Física VII, citada varias veces en De Virt. a. 1).

"La virtud hace bueno al que la posee y vuelve buena su obra (Etica a Nicómaco, II, citada en De Virt., a. 1).

"La virtud es un hábito electivo que consiste en el medio determinado por la razón según el criterio del sabio" (Etica a Nicómaco II, citada en S. Th. I-II, q. 59, a. 1).

"La grandeza del alma está en nosotros por naturaleza" (De Virt., a. 8).

"La virtud es el orden del amor" (SAN AGUSTÍN, De las costumbres de la Iglesia, citado en De Virt., a 1).

"La virtud es una buena cualidad de la mente, por la que se vive rectamente, de la cual nadie usa mal, producida por Dios en nosotros sin intervención nuestra" (definición que Pedro Lombardo atribuye a San Agustín, citada en muchos textos, y entre otros S. Th. I-II, q. 55, a. 4 y De Virt. a 1).

"La noción de bien está en nosotros por naturaleza" (Del libre albedrío, L. II, citado en De Virt., a. 8).

"Asimismo, querer el bien está en el hombre por naturaleza (Comentario literal del Génesis, citado en De Virt., a. 8).

"La virtud es la perfección de una potencia" (S. Th. I-II, q. 56, a. 1).

"La virtud no solamente hace buena a la potencia sino también al que obra" (De Virt., a. 2).

"Necesitamos de las virtudes para tres cosas: para que el hombre tenga uniformidad en su operación, pues aquello que sólo depende de la operación cambia fácilmente, a no ser que se haya tornado estable por alguna inclinación habitual (...); para que la operación perfecta se logre fácilmente (...); para que la operación perfecta sea llevada a cabo deleitablemente, lo que ocurre por el hábito" (De Virt., a. 1).

"Dado que (el hábito) es al modo de una cierta naturaleza, hace su operación propia como natural y, por consiguiente, deleitable" (De Virt., a. 1).

"La virtud es el buen uso del libre albedrío" (S. Th. I-II, q. 55, a 1).

"La virtud moral perfecciona la parte apetitiva del alma, ordenándola al bien de la razón" (S. Th. I-II, q. 59, a. 4).

"Cuanto más perfecta sea la virtud, más pasión induce" (S. Th. I-II, q. 59, a. 5).

"La virtud humana, según la razón perfecta de virtud, es aquélla que requiere la rectitud del apetito, pues no sólo confiere la facultad de obrar bien, sino que causa también el uso de la buena obra" (S. Th. I-II, q. 61, a. 1).

"Las virtudes son apetecidas en razón de la felicidad" (De Virt., a. 2). "La virtud se conserva y acrecienta por nuestros actos; porque la disminución de la concupiscencia es el aumento de la caridad. Luego la virtud se genera por causa de nuestros actos" (De Virt., a. 2).

"La luz natural de la razón es la raíz y el principio de la virtud adquirida (por los actos humanos) (De Virt., a. 2, de la Adición). "Cuando es necesario que la operación del hombre sea a propósito de las cosas que son objeto del apetito sensible, se requiere para la bondad de la operación que haya en el apetito alguna disposición o perfección mediante la cual dicho apetito obedezca con facilidad a la razón; y a esta (disposición o perfección) la llamamos virtud (De Virt., a. 2).

"Lo más importante en el acto de virtud, a saber, la elección, pertenece a (la parte) racional, como también en cualquier operación es más importante la acción del agente que la pasión del que padece" (De Virt., a. 2).

"La caridad es la principal de las virtudes" (De Virt., a. 5).

"La virtud hace que la operación sea ordenada" (S. Th. I-II, q. 55, a. 2).

                    "Toda virtud se dice en orden al bien" (S. Th. I-II, q. 57, a. 1).

"Toda virtud se ordena a algo, porque se ordena a la felicidad que es el fin de la virtud" (De Virt., a. 7).

"Un hábito tendrá naturaleza de virtud porque se ordena al bien" (De Virt., a. 7).

"Para que el hombre obre bien no sólo se requiere que esté bien dispuesta la razón por el hábito de la virtud intelectual, sino que también esté bien dispuesta la facultad apetitiva por el hábito de la virtud moral. Así como se distingue el apetito de la razón, así se distingue también la virtud moral de la intelectual" (S. Th. I-II, q. 58, a. 2).

"No puede existir virtud moral sin el entendimiento, pues por el entendimiento se poseen los principios naturalmente conocidos, tanto de orden especulativo como de orden práctico" (S. Th. q. 58, a. 4).

"La recta razón no es la virtud moral, como afirmaba Sócrates, pero es según la recta razón, en cuanto inclina a aquello que es conforme a la recta razón; y es necesario además que se dé con recta razón" (S. Th. I-II, q. 58, a. 4).

"Las virtudes se denominan naturales en cuanto a las incoaciones naturales de las virtudes que están en el hombre, no en cuanto a su perfección" (De Virt., a. 8).

"El poder hacer el bien está en el hombre por naturaleza, puesto que la voluntad es dueña de su acto" (De Virt., a 8).

"La virtud es natural al hombre en cuanto a su incoación, pero la perfección de la virtud no es por naturaleza" (De Virt., a. 8).

"Por la virtud se llega a la felicidad, pues la felicidad es el premio de la virtud, como dice el Filósofo en Etica I" (De Virt., a. 8).

"Las virtudes que son propias del hombre en tanto que hombre, o en cuanto que es partícipe de la ciudad terrena, no exceden la capacidad de la naturaleza humana: el hombre puede adquirirlas por sus capacidades naturales, a partir de los propios actos" (De Virt., a. 8).

"Mediante las virtudes adquiridas no se llega a la felicidad celeste, sino a cierta felicidad que el hombre es naturalmente apto para adquirir por las propias capacidades naturales en esta vida según el acto de la virtud perfecta, de la que Aristóteles trata en Metafísica X" (De Virt., a. 8).

"Es necesario que el ejemplar de la virtud humana preexista en Dios, lo mismo que en Él preexisten las razones de todas las cosas. Así pues, la virtud puede ser considerada en cuanto existiendo ejemplarmente en Dios" (S. Th. I-II, q. 61, a. 5).

"La semilla de la virtud es natural. Dios quiso sembrar en toda alma los principios de la sabiduría y del intelecto" (De Virt., a. 8).

"Mediante la virtud se ordena el amor en nosotros, porque la virtud es el orden del amor en razón de aquello a lo que se ordena la virtud (S. Th. I-II, q. 55, a. 1).

 
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