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Sangre, sudor y lágrimas Imprimir E-Mail

Sangre, sudor y lágrimas
LA GACETA DE LOS NEGOCIOS, 15 diciembre de 2005
Isabel Ruiz-Gallardón

En su primer discurso en la Cámara de los Comunes, tres días después de ser nombrado primer ministro en mayo de 1940, Winston S. Churchill pronunció una de esas frases que toca el corazón de todo un pueblo: “No tengo nada que ofrecer más que sangre, sudor, lágrimas y fatiga”.

El mundo ha cambiado desde que este gran hombre de Estado lograra mantener unida la Gran Bretaña bajo la esperanza cumplida de luchar por su libertad. Los hombres y las mujeres siguen siendo los mismos que eran entonces, siguen esperando lo mismo de sus dirigentes políticos: honestidad, transparencia y buen hacer.

Mucho antes de acceder al poder, en 1901, Churchill ya tenía la visión, que sólo algunas mentes privilegiadas tienen, de los vicios que se generan en las democracias modernas. Apoyados en la debilidad de unos gobernantes incapaces de dar solución a importantes conflictos, los intereses de los más fuertes prevalecen sobre los intereses de la mayoría: “Vivimos en una época de grandes acontecimientos y pequeños hombres y, si no queremos convertirnos en esclavos de nuestros propios sistemas o quedar oprimidos por el mecanismo que nosotros mismos hemos creado, sólo lo conseguiremos mediante vigorosos esfuerzos de originalidad, el experimento repetido y un análisis desapasionado de los resultados del pensamiento continuo e inquebrantable".

Sería conveniente y deseable que quienes gobiernan nuestro país fueran personas de la inteligencia y eficacia de Winston S. Churchill.

Creo, sin embargo, que los ciudadanos nos conformaríamos con que fueran honestos y fieles en la ejecución de sus promesas electorales. Las palabras son instrumentos poderosos si están respaldadas por hechos y buscan la verdad. Pierden toda su fuerza y valor cuando se convierten en esa demagogia barata que pretende tranquilizar negando la realidad.

No esperamos menos de la oposición política, cuya misión consiste en evitar que una sociedad dependa de los caprichos o de la maldad de unos pocos hombres. Esto no se logra a través del insulto ni del menosprecio, sino promoviendo reformas que mejoren el sistema social e ilusionen a todos por un mismo proyecto de convivencia.

En España reina un ambiente de desánimo ante la vida política. No hay hombres de Estado que, con clara visión de futuro y originalidad, logren entusiasmarnos con sus ideas.

 
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