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Navidades laicas
Pasado mañana es Navidad. No resulta impropio, por tanto, preguntarse si el estado de opinión de que han surgido la comunión laica y el bautizo laico, no habrá dado lugar también a unas navidades laicas, en la acepción rigurosa del término: “día en que se celebra el nacimiento de Jesucristo, aunque haciendo abstracción de Jesucristo o en abierta hostilidad hacia Él”. Estoy hablando en serio. No me sorprendería una broma de este tipo, patrocinada, por ejemplo, por ERC. Conviene distinguir estas cuestiones de la constatación sociológica de que las navidades se han reducido, en la práctica, a un pretexto para el consumo conspicuo. Sobre esto último, caben pocas discusiones. El español se ha convertido en una máquina de gastar a tontilocas, en actitud opuesta a la que Jenofonte atribuye a su maestro en Recuerdos de Sócrates. Viendo la abundancia de cachivaches que se vendían en el mercado de Atenas, exclamó Sócrates: “¡Qué excelente ocasión para no comprar nada!”. La secularización vía consumo frenético es, en fin, un dato bruto. Pero la secularización militante, con ribetes anticlericales, de quienes han fundado el matrimonio y la comunión laica, y quizá la Navidad laica, representa un fenómeno distinto. No tanto un acto secularizador, cuanto un gigantesco oxímoron. Quizá me explique mejor mediante una analogía. Una cosa es no acudir a los partidos de fútbol —y sí a la sierra, o al cine—, y otra acudir a partidos de antifútbol. Los cuales consistirían, qué sé yo, en que ganara el que más goles recibiese, o en que valieran los tantos marcados en fuera de juego, y no al revés. Este antifútbol no integraría una dejación o ignorancia del fútbol, sino su exaltación perversa. Sería al fútbol reglamentario, lo que las misas negras a la eucaristía canónica. Recibir los ritos, e invertirlos, no es lo mismo que secularizarse. Es más bien lo contrario. La reflexión podría extenderse a otros campos, acaso más importantes que los del ritual. Consideremos el eje en torno del cual gira toda la moral pública contemporánea: los derechos individuales. Tanto la derecha como la izquierda entienden que los derechos individuales son bienes supremos, intangibles, innegociables. La izquierda es una recién llegada, cierto, a este convencimiento. Hace tres, cuatro decenios, la izquierda habría preferido hablar de la revolución, un hecho que por sus dimensiones cósmicas, escatológicas, va mucho más allá de lo que pueda garantizar el derecho. Pero la filosofía de los derechos individuales se ha extendido como una mancha de aceite, y es ya patrimonio común de todas las ideologías. La izquierda añade, al menú clásico —el de la Bill of Rights, o la Déclaration des droits de l´homme et du citoyen de 1789—, los derechos sociales, y también capacidades morales de nuevo cuño, como la facultad de contraer matrimonio que Zapatero ha reivindicado para los homosexuales. El fundamento metafísico, con todo, ha permanecido inalterable. Se supone que asisten al individuo prerrogativas inalienables, que no debe violar el Estado —en la versión liberal— o que el Estado debe garantizar por vía política y asistencial —en la versión socialista—. ¿Cuál es el origen de semejante noción? Lo que resulta sorprendente es que los laicistas agresivos que invocan la soberanía popular contra la autoridad de la Iglesia para extremar determinadas libertades están reposando, sin saberlo, en una tradición que podrá ser anticlerical, pero que no es anticristiana. No fue cristiano, por el contrario, el liberal Hume. O tan siquiera lo fue Adam Smith, más prudente o solapado que su amigo, pero foráneo en el fondo a los principios del Derecho Natural. Y es que existe, sí, un liberalismo de cuño materialista e historicista que guarda una relación tenue o circunstancial con el liberalismo de Locke, Jefferson, o los padres de la Constitución americana. Sea como fuere, es inútil explicar a la izquierda de dónde viene en realidad. El laico de Ateneo registrará como una impertinencia la noticia de que no es laico. En este sentido, la izquierda ateneísta padece mayores dosis de falsa conciencia que quienes visten ropa talar. La muerte de Dios es una boutade nietzschiana, desmentida a poco que nos tomemos en serio, ¡ay!, la genealogía de la moral. |
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