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Artículo sobre Las raíces cristianas de Europa

Profesor Alfonso Méndiz (Universidad de Málaga)

 

Las raíces cristianas de Europa
(¿Hay razones para ocultar la verdad?)


Como europeo, como profesor universitario y como miembro de una comunidad -la europea- que cada vez siente más la necesidad de ahondar en las raíces históricas  que le dan sentido (raíces culturales, sociales, económicas, etc.), considero de vital importancia no desfigurar el verdadero origen del concepto "Europa". Hoy tenemos todos el reto de aceptar sin ambages que el contexto histórico en el que nace y se desarrolla ese ideal de unidad y ese sentimiento de pertenecer a una misma cultura fue un contexto cristiano.


Si repasamos la historia de Europa, vemos que no hay mucho margen a la ambigüedad. El cristianismo es el único elemento unificador de países con recorridos históricos tan distintos. Ni tan siquiera cabe afirmar que el Imperio Romano o la Grecia Clásica sean patrimonio común de Europa; ya que tan solo es común a los países mediterráneos. Otras naciones como Irlanda, Alemania, Dinamarca, Austria, Suecia, Hungría, Chequia, Finlandia, y no digamos los nuevos países del este europeo, muy poco tienen que ver con esas raíces mediterráneas. Estamos ante el hecho objetivo de que el cristianismo ha sido el elemento histórico unificador de países tan diversos. Incluso países como Polonia, Hungría o Suecia, le deben a su conversión al cristianismo -allá por el año mil-, su incorporación a la civilización europea, a la que hasta entonces habían permanecido ajenos.

El acontecimiento que marcó el nacimiento de Europa fue sin duda la coronación de Carlomagno como emperador por el Papa León en la Navidad del año 800, bajo el nombre de "Imperio de Cristo", para pasar a llamarse al poco tiempo "Europa". Es decir, el mismo término de "Europa" nació como una denominación política y, desde ahí, pasó a designar un territorio geográfico. Los monjes benedictinos fueron los que se encargaron de extender este ideal de Carlomagno de "europeidad cristiana" en los siglos IX, X, y XI; hasta que en el siglo XII florecieron por toda Europa las bellas catedrales, las ferias mercantiles, las primeras universidades, el humanismo articulado en torno al latín, la recuperación del derecho romano, las traducciones del corpus aristotélico, los tratados de ciencia árabe, la escolástica, etc.

Esta unidad espiritual y cultural de Europa se rompería con el nacimiento del llamado "renacimiento", con el que surgirían los estados-nación. Será entonces cuando las lenguas vernáculas sustituyan al latín y surjan las fronteras; con las consiguientes guerras entre naciones. La trágica división de Europa en protestantes y católicos complicó todavía más las cosas. Europa se desangraría en una infinidad de guerras, hasta que la paz de Westfalia (1648) terminase por marcar el fin definitivo de una posible Europa unida.

Por si fuera poco, tras la II Guerra Mundial, fueron cuatro destacados dirigentes católicos (Jean Monnet, Robert Schuman -éste último en proceso de beatificación-, Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer) quienes impulsaron el nacimiento de la futura Comunidad Europea. A ellos se les considera los padres fundadores de la nueva unidad europea; y fueron ellos los que tomaron modelo de la corona cerrada de doce estrellas sobre la cabeza de María (tal como se lee en el Apocalipsis) que se puede contemplar en las vidrieras de la catedral de Estrasburgo -de increíble parecido con la que hoy luce la enseña-, y la llevaron a la bandera del Consejo de Europa, que hoy es también la bandera de Europa.

No se trata de dar una lección de historia, pero sí se trata -y es lógico que esto se reconozca en la Constitución Europea- de señalar claramente que ésa fue nuestra historia, y ésas nuestras raíces.

Si nuestros líderes europeos actuales quisieran voluntariamente olvidar nuestra historia para ser "políticamente correctos"; si pretendieran darle la espalda a nuestra historia como si esa tradición cristiana nunca hubiera existido, no solo estarían cometiendo una injusticia mayúscula con la Historia, sino que estaríamos empezando a perder nuestra identidad. Ya no sería nuestra cultura, nuestra historia y nuestra "alma europea" la que palpitaría en esa unión de naciones; sino el más puro y simple interés económico, que nos abocaría al más frágil y egoísta de los acuerdos.

Europa se merece todo nuestro respeto.

 
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