| Matrimonio: o lo tomas o lo dejas |
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| Escrito por Iñigo Belabarce | |
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Matrimonio: o lo tomas o lo dejas Por Iñigo Belabarce
Frente a ese modo tradicional de orientar las relaciones sexuales se escucha el siguiente argumento: el sexo es un ámbito de la autonomía personal en el que nadie debe intervenir sin mi consentimiento. La orientación sexual, o el tipo y frecuencia de relaciones dependen de mi exclusiva decisión, y no pueden estar sujetas por ninguna estructura moral represiva. La familia tradicional es el paradigma de ese tipo de institución que impone unos comportamientos afectivos determinados. Hay que superarla permitiendo que se casen también los homosexuales entre sí. Pero con frecuencia la argumentación es esta otra, que parte de supuestos diametralmente contrarios: si hay personas que han desarrollado de modo involuntario tendencias homosexuales, no se les puede negar el derecho a ser felices, desplegando relaciones afectivas semejantes a las de las personas heterosexuales. El derecho debe responder a esta realidad innegable, permitiendo que se casen, y formen una familia, como a cualquier otra persona. No se les puede discriminar, ni dejarles marginados socialmente, porque viven su sexualidad de manera distinta. Ambos argumentos parecen razonables. Pero son contradictorios entre sí. A quien sostenga esa visión del sexo como juego del individuo sin sometimiento a reglas, y desvinculado de la procreación, habría que dejarle hablar, hasta que saque él mismo todas las consecuencias. Es decir: si te saltas la barrera del matrimonio (en el que se supone que el sexo está encarrilado hacia el amor mutuo y la procreación), sáltate las demás, ¿no? No te ciñas a una pareja, no hagas el ridículo vistiéndote de blanco o de chaqué, tirando arroz y ramos de flores. Supera esas convenciones y (al menos como hipótesis) acepta la poligamia, la bisexualidad, y el incesto (digo, al menos como hipótesis). Deja esas ideas carcas sobre el matrimonio. Y no te dejes llevar por el sentimentalismo al ver niños en brazos, que con los años les salen granos y se vuelven insoportables. No vale la pena adoptar, si lo que buscas es la libertad. La otra postura es más coherente, pero tiene algunas lagunas. Se basa en la simetría entre la heterosexualidad y la homosexualidad, como orientaciones sexuales que cumplen funciones análogas en la vida personal, y que tienen como fundamento una atracción afectiva sexuada e innata hacia personas. No es difícil deshacer el mito de la analogía entre un amor y otro. Es un hecho que la promiscuidad entre homosexuales es altísima (la Asociación de Gays y Lesbianas eleva la media a 31 parejas al año distintas: es decir, que la media es casi un compañero distinto a la semana, sería interesante conocer la desviación típica). Este dato es tan cortante, que difícilmente puede hablarse de verdadera estabilidad de la pareja (como norma general, que es lo que son las leyes). No puede olvidarse que lo que hace del matrimonio tradicional una institución privilegiada no es que dé un efecto jurídico a la relación afectiva, sino que defiende una institución que aporta evidentes beneficios a la sociedad. Si se dieran efectos jurídicos a la afectividad, uno podría encontrarse un día con que la compañera de clase a la que echaba unas miradillas entre página y página de apuntes le reclama el pago de una indemnización por no haber colmado sus expectativas sobre “lo nuestro”. Por otro lado, en fin, hay que observar que la complementariedad afectiva y social entre varón y mujer en las relaciones familiares no es un simple convencionalismo social. Al menos en lo que atañe a la reproducción y la lactancia, esto es irrefutable. Es decir: el amor homosexual tiene una naturaleza distinta, no unitiva ni procreativa como las relaciones heterosexuales. Y las consecuencias sociales de esto son evidentes: no son parejas fecundas. En resumen: más que un matrimonio, parece que lo más adecuado es que la gente viva su homosexualidad libre de formas represoras de la sexualidad o del compromiso, como sucede en la mayor parte de los casos. Si alguien considera ese horizonte como poco humano, porque quiere de verdad construir su vida junto a otra persona, y crear una familia, debe reconocer que la homosexualidad no tiene esa virtualidad unitiva y procreativa. Todos sentimos la atracción de ese proyecto de vida, al que está llamado el corazón humano. Pero la homosexualidad es un camino cerrado. Quien siente tendencias homosexuales debe saberlo. Pero el mensaje actual es el contrario, y con eso se condena a muchas personas al desconcierto de perseguir irrefrenablemente un objetivo que le será imposible alcanzar por ese camino. Para quienes presentan esas tendencias no hay atajos. Eso hace que merezcan la mejor atención por parte de educadores y especialistas, que les ayuden a redescubrir el modo de vivir la entrega a los demás. Sin embargo, muchos sufren la falta de criterio de la cultura actual sobre esta materia, y comprueban en su carne que el narcisismo del amor homosexual no puede ayudarle, aunque no quieran reconocerlo. Es fácil perder la esperanza y descreer de lo más humano, cuando resulta inalcanzable. |
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