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Comunismo e islam Imprimir E-Mail
Escrito por César Vidal   

La Razón, 25 de julio de 2004

César Vidal, historiador y escritor

Cuando las generaciones venideras estudien la historia del siglo XX, se preguntarán con horror sobre la posición que multitud de intelectuales y medios de comunicación occidentales mantuvieron a favor del comunismo. Dado que esa visión política costó la vida a no menos de cien millones de seres humanos la ideología más letal de la Historia de la Humanidad y creó el primer estado totalitario que utilizó el terror como arma indispensable de mantenimiento del poder, no me cabe duda de que estudiosos y estudiantes se interrogarán intentando encontrar una causa a la manera en que unos sirvieron y otros acompañaron en su viaje hacia la dictadura del proletariado a los distintos partidos comunistas. He abordado tan terrible tema en otras ocasiones y no deseo volver en estos momentos al mismo. Más bien deseo incidir en los, a mi juicio, innegables paralelos existentes entre aquella defensa del comunismo y la que en la actualidad realizan no pocos del islam.

Las objeciones que se pueden oponer a ambos tipos de totalitarismos el comunista y el islámico son muy similares. En ambos casos, las libertades individuales no existen trituradas por una ideología que se considera hiperlegitimada; en ambos, el terror y la violencia son armas no sólo indispensables sino utilizadas con profusión; en ambos, el uso de la propaganda constituye un instrumento fundamental ya que el enemigo debe ser paralizado desde dentro antes de que reciba el último embate desde fuera y en ambos, el Occidente democrático y especialmente los Estados Unidos constituyen el epítome de los males hasta tal punto que cualquier causa contraria al mismo se convierte por ese hecho en legítima. Estas objeciones totalmente irrefutables se asentaron desde el principio en el conocimiento de la realidad. Si ya en 1917 era obvio que los bolcheviques estaban implantando un régimen de terror y al año siguiente el GULAG comenzaba a campar por sus respetos; no menos obvios han sido los métodos de terror utilizados por Nasser o Al-Assad, Sadam Husein o Yasir Arafat, Jomeini o Gadafi. Sin embargo, hoy en día, como antaño sucedió con el comunismo, no son pocos los que enarbolan la defensa de los regímenes islámicos y ¿casualidad? sus argumentos son los mismos que los de aquellos que ayer defendían el comunismo de Lenin, Stalin o Mao.

El primero de los argumentos es la pluralidad de manifestaciones del islam. Si antaño se indicaba que no era lo mismo Stalin que Hoxha o que Mao, y que, por lo tanto, no podía haber una condena global, hoy se nos insiste en las diferencias entre Irán, Marruecos o Siria. La afirmación es cierta pero, en absoluto, sirve para ocultar la terrible realidad. Mao, Castro o Ceaucescu podían ser diferentes pero todos sus regímenes eran comunistas y perpetraban violaciones sistemáticas de los derechos humanos más elementales. En otras palabras, su mínimo común denominador resultaba más que suficiente para plantarlos cara. Lo mismo sucede hoy en día con las dictaduras islámicas. Podrán ser malas o peores, pero todas, absolutamente todas, constituyen regímenes terribles que avergüenzan al género humano.

El segundo argumento era el de la evolución. Decían los defensores del comunismo que, quizá, las libertades en Polonia, en Rumanía, en Cuba no eran las mismas que en Suecia o Francia. Sin embargo, era innegable que todos iban evolucionando y acabarían por desembocar en regímenes de libertades. Lo mismo debería suceder hoy en día con las dictaduras islámicas. Es verdad que en ellas la tortura es sistemática, que la mujer es un ser de segundo orden y que las minorías religiosas están a la cola de la sociedad. Pero se insiste en que, poco a poco, irán cambiando. En ambos casos, la realidad es bien diferente. Las dictaduras comunistas sólo cambiaron cuando desaparecieron un verdadero regalo de la Providencia y no cabe esperar otra cosa de las islámicas. Sólo cuando se transformen en regímenes democráticos habrá esperanza de que se respeten los derechos humanos. El tercer argumento era el geográfico. Afirmaban los filocomunistas que para lograr ciertos logros en determinadas culturas la rusa, la china, etc. era indispensable la dictadura totalitaria. Insisten hoy los islamófilos en que debemos comprender que cierto progreso en Siria o Irán debe ir vinculado a una dictadura islámica. Este argumento lo confieso me parece especialmente indecente. ¿Se puede acaso sostener la legitimidad de ciertas dictaduras sólo por estar en un determinado punto del globo? ¿Es que los derechos humanos dejan de ser universales a partir de un determinado paralelo geográfico o desde cierto meridiano?

El cuarto argumento es el que insiste en que el origen de todos los males se halla en Occidente y, en especial, en Estados Unidos e Israel. La URSS, la China de Mao, la Camboya de Pol-Pot derivaban su maldad, en realidad, de la perversidad de la Casa Blanca. El argumento era una solemne estupidez y, sobre todo, resulta un verdadero dislate en relación al islam que había creado multitud de poderes despóticos antes de la fundación de Estados Unidos a finales del siglo XVIII o de la del estado de Israel en 1948. Por supuesto, como antaño se denominó «fascistas» a los que se oponían a Stalin, hoy se llama «islamófobos» a los que advierten del peligro islámico. Sin embargo, la amenaza contra la libertad que representa el islam como antaño el comunismo es demasiado seria como para perder tiempo en esa discusión. Recuerdo el libro de un catedrático que hizo un ridículo histórico en el que afirmaba que la URSS era una realidad con la que tendríamos que convivir durante un milenio y que la Alemania comunista iba a adelantar a la RFA en breve. La obra se publicó apenas unas semanas antes de la caída del Muro de Berlín y muestra que, a pesar de lo que digan los estúpidos presuntamente especialistas, no debemos resignarnos a la existencia de las dictaduras.

Las comunistas cayeron en Europa y las islámicas también lo harán si estamos dispuestos a defender la libertad y a no sucumbir a los cantos de sirenas de estos nuevos y como antaño nada desinteresados compañeros de viaje.

 
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